La historia del ‘callejón oscuro’ que mandó a la clínica al joven Alfredo Bryce

Una nota del El Comercio del 28 de Junio de 1952 decía que un niño del colegio Santa María se había desmayado tras pasar dos veces por un callejón oscuro de 120 alumnos. Ese niño se llamaba Alfredo Bryce Echenique.

Nos recibe en su departamento de San Isidro. Amable y sereno reflexiona sobre su vocación literaria.

— La niñez y la adolescencia son etapas claves. ¿Qué personas pueblan ese mundo en su caso?
Pertenecí a un tipo de familia que ya no existe, una que reía mucho y se visitaba constantemente. Todos tenían un gran sentido del humor, de la autoironía. Yo era un niño muy observador de ese mundo.

— En “No me esperen en abril” (1995) se narra un violento callejón oscuro contra el protagonista Manongo Sterne. Ese hecho le ocurrió a usted en 1952 en el colegio Santa María…
Sí, me ocurrió. Yo era el brigadier, y un torpe instructor premilitar me castigó por no detenerme; solo me distraje, pero igual me hizo pasar por el callejón oscuro. Esa tarde había 120 alumnos, dos filas de 60, era un recorrido muy largo y yo era muy nervioso. Y nunca falta un Judas, un Caín que te da un golpe de verdad. Ya había pasado una vez y el instructor me ordenó que lo hiciera de nuevo. Y le dije: “Paso, pero con usted”. Terminé mal, me llevaron a la dirección.

— Y lo internaron en la Clínica Americana…
Estaba con un ataque de rabia. Me llevaron a la Clínica Americana. Fue el director del colegio, un norteamericano que hablaba un pésimo castellano, el que habló con mi madre y le dijo que había ocurrido una “tragedia”. Esto hizo que ella y todo el mundo se descontrolaran. El único que actuó con serenidad fue mi padre, que apareció en la noche. La noticia salió en los periódicos. Mi padre nos retiró a todos de los colegios norteamericanos. Yo fui al San Pablo, un internado inglés.

— ¿En ese entorno, cómo fue su cercanía con la literatura? Debe haber un instante como lector…
Yo no era lector. Muchos amigos de mis padres y tíos me regalaban libros, y me ponía furioso porque no me daban otra cosa. Nunca fui lector de literatura infantil. Me tumbaba en mi cama y hacía mis propias novelas. A veces había ruidos en mi cuarto y se acercaban y me escuchaban que me carcajeaba o lloraba. Quizá lloraba cuando imaginaba la muerte de un amigo muy querido, pero todo era ficción, asociada a hechos y cosas del cine o canciones. Creo que allí nació el escritor.

— ¿Qué historias contaba?

Contaba que mi padre era Arnaldo Alvarado, el campeón nacional de automovilismo. Y es que mi padre era muy poco heroico, pero tenía un carro exacto al corredor. Era un modelo del 46, un Ford Coupé, y Alvarado con ese carro hacía maravillas en el circuito. Un día que mi madre apareció en el colegio, mis compañeros se fueron encima del carro para preguntarle si era la esposa de Alvarado. Ella completó el cuento: “¡Pero, por supuesto, si Alfredo lo dice cómo no lo voy a ser!”.

— ¿Pero cuándo se reconoció a sí mismo como escritor?
Tenía 13 años cuando llegué al San Pablo y allí había un profesor estupendo, Ricardo Nugent Valdelomar, sobrino de Abraham Valdelomar. Él tenía casa allí y era soltero. Nos recibía, ponía música, leía libros, y fue el primero que me dijo: “¡Tú eres escritor, no necesitas escribir para serlo!”.

— ¿Qué sintió al escuchar esa frase?

La acepté por su explicación. Nugent me dijo que yo veía el lado de la realidad que nadie veía, que arreglaba las heridas de la vida, como en el cuento de Alvarado.

— En San Marcos deambulaba entre leyes y poemas.
No me quejo de haber estudiado Derecho. Para mí el ingreso a San Marcos fue el ingreso al Perú. Esos años marcaron mi formación.

— Pero usted es escritor, y la literatura debió ser su principal interés. ¿Por qué Derecho?
Porque mi padre tenía tres hijos hombres: el primero una tragedia, el segundo un dolor de cabeza, y yo el tercero, quien lo amó, quiso darle un diploma. Hay un hecho impresionante: el día que me gradué, mi padre fue operado del mal que lo mataría. Corrí desde el Patio de Derecho hasta la Clínica Internacional en Wilson, donde mi padre estaba internado. Al enseñarle el diploma le dije: “¡Mira, papá, hay un hijo que sí te da gusto!”. Cuando murió, yo ya estaba en Europa.

— Muchos escritores relacionan la literatura con el dolor, pero para otros es un goce. ¿Qué piensa?
He vivido la literatura con mucha pasión, y en serio creo que tener algo que escribir o que contar alegra la vida. Es como si uno se dedicara a tocar el violín y lo hiciera bien.

—Está terminando una nueva novela.
Empecé a escribirla hace tres años. Ya la terminé y la entregué. Su título es “Dándole pena a la tristeza”, y la presento a fines de junio, en el hotel Country Club.

Fuente: elcomercio.pe por Carlos Batalla

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